sábado, 15 de julio de 2017

Mar abierto, mar cerrado

Seguimos con las batallas navales que se sucedieron alrededor del 1600 y que paulatinamente consolidaron las posiciones de los holandeses en los territorios inicialmente controlados por Portugal y España en Asia. Los ataque se dieron también en América y en África, siempre con el propósito de mellar la fuerza del entonces más importante imperio a nivel global. El propósito de estas notas es situar los diferentes choques en el contexto de un conflicto europeo que por vez primera se extendió al resto del mundo. Generalmente se han visto estas batallas como actos de heroísmo o de cobardía, dependiendo del lado que lo narre, sean los portugueses y españoles o los ingleses y holandeses.

Hemos visto cómo los holandeses había logrado consolidar una fabulosa industria naviera que sirvió de inmediato como instrumento de guerra. En el transfondo del conflicto por la independencia de Holanda también se incluye el cisma religioso que había dividido a Europa desde casi un siglo antes, representado por la Reforma Luterana y la ruptura de los protestantes con el Papado de Roma. He querido insistir en el aspecto económico y comercial que impulsaba a los holandeses en busca de nuevos mercados y su idea de acabar con la preminencia ibérica en amplias regiones del denominado "Nuevo Mundo", sin embargo, todos los elementos anteriores se combinaron en el conflicto que enardeció a muchas poblaciones en el planeta.
Isla de Cocos, The East and West Indian mirror: being an account of Joris van Speilbergen;s voyage round the world (1614-1617), and the Australian navigators of Jacob Le Maire. Hakluyt Society, 1906

Desde el punto de vista holandés (y en cierta medida  también de Inglaterra) las acciones violentas se fundaban en un concepto del derecho a conquistar, bajo un principio de guerra justa que ellos identificaban como la lucha contra el opresor. Para la monarquía Habsburgo, representada por Felipe II de España, la situación en los Países Bajos se trataba de rebeldes de una provincia del Imperio, los cuales debía ser castigados. Por cierto que la diferencia entre holandes e ingleses corresponde hasta cierto punto en que Inglaterra era un reino en toda forma, mientras que las Provincias Unidas (Holanda) hasta aquel momento aún no eran reconocidas como una soberanía. A largo plazo estos enfrentamientos condujeron a dos formas de pensamiento capitalista un tanto diferentes, que ahora se quieren endulzar como formas modernas y eficientes para describir el estilo de los países del norte de Europa.

Las acciones de los holandeses antes de 1602 eran amparadas por empresas creadas al momento, Voorcompagniën (compañías iniciales), en las que pequeños grupos de inversionistas, usualmente de una sola ciudad, escogían un capitán dispuesto al riesgo y enviaban tropas a la aventura. Sin embargo, los Estados Generales de Holanda tomaron la decisión en ese año de formar la Compañía de las Indias Orientales (la famosa VOC) para defender sus derechos comerciales y atacar a los enemigos. (*)

El uso de la piratería formaba parte del mismo paquete de acciones ideológicas, políticas y económicas de los holandeses.  El problema es que, como la drogadicción, los holandeses se acostumbraron a obtener botines cuantiosos atrapando las naves portuguesas y españolas y fue muy difícil romper con ese ciclo de dependencia económica del tesoro apresado en el mar. Otra cosa es que ahora se le quiera dar un tono heróico, de aventura, o incluso de modernidad económica. No faltan quienes colocan la intrépida manera de los corsarios ingleses y holandeses como una muestra de la superioridad tecnológica anglosajona, del espíritu capitalista y de la ética protestante.

En los siglos sucesivos ese modelo anglosajón se impuso por la fuerza, con métodos que no fueron inventados por los holandeses pero si refinados por ellos, como las plantaciones de azúcar y algodón, la esclavitud en masa, la migración forzada de sus clases más desposeídas con la promesa de obtener tierras y esclavos, y el control racista de las poblaciones. Sobre esas experiencias, en el siglo XVII comenzó un proceso masivo, casi industrial, que arrasó a poblaciones enteras a nivel mundial y en el que aún estamos instalados. Quedaban relegadas las discusiones que se dieron en los años 1550-51 en Salamanca, confrontando las ideas de Bartolomé Díaz de las Casas y de Ginés de Sepúlveda, y que dieron paso a un cuerpo jurídico de tipo humanista, que intentaba corregir la tragedia de los primeros años de la conquista en América. Un siglo después de la conquista de América, el  coctel religioso, político e ideológico que arrasó a Europa, incluyendo también a España y Portugal, fue el punto de arranque de lo que ahora llamamos modernidad temprana.

Duelistas en el trópico

Todos esos conflictos fueron transladados a territorios recién conquistados y estuvieron presentes durante todo el siglo dieciséis. En el terreno del derecho que ahora llamamos internacional se discutió la facultad del Papa de repartir territorios y de privilegiar a Portugal y a España desde los tratados de Tordesillas en 1494.  Holandeses e Ingleses recusaban esa acción del Papa y alegaban que se debía tener un mar abierto y abrir la oportunidad para todos los estados europeos en la consecución de conquistas. En el contexto de esa controversia, los ataques a embarcaciones ibéricas eran consideradas por unos como rapiña o despojo de piratas, mientras que los otros lo consideraban derecho a expropiar a los ibéricos. Resultado de ese debate jurídico, por ejemplo entre el holandés Hugo Grocio, Mare Liberum, y el portugués Serafim de Freitas, Mare Clausum, como resultado del ataque en 1603 del navío portugués Santa Catarina en aguas de Malasia, que veremos más adelante.  Lo que importa en esta entrada es señalar que este debate sobre el derecho a usar el mar forma parte del cuerpo jurídico que aún rige al mundo.

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(*) Existe una amplia literatura en inglés y por supuesto en holandés, pero no tanto en español. Ver Israel, Jonathan I. La República holandesa y el mundo hispánico, 1606-1661.Madrid: Editorial Nerea, 1997. Un ensayo acerca de cómo terminó el siglo XVI en esta querella fue publicado por Carlos Martínez Shaw, "El Imperio Colonial Español y la República Holandesa tras la Paz de Münster:, en Schepper, Hugo de (ed.) 1648. La paz de Münster. Revista Pedralbes, 19 (1999), 117-129. Un trabajo de grandes proporciones y fino detalle está escrito por Peter Borschberg, Journal, Memorials and Letters of Cornelis Matelieff de Jonge. Security, Diplomacy and Commerce in 17th-century Southeast Asia. Singapur, NUS Press, 2015. Crespo Solana, Ana, "Las rivalidades hispano-neerlandesas en el Pacífico y la conquista de Australia: de Cornelis de Houtman a Abel Janzoon Tasman (1595-165)", Anuario de Estudios Americanos 70, 2. Sevilla, julio-diciembre, 2013, 479-507. En México se publicó en 2015 un libro que comentaré próximamente, escrito por Eder Antonio de Jesús Gallegos Ruiz, Fuerzas de sus Reinos. Instrumentos de la guerra en la frontera oceánica del Pacifico hispano (1571-1698). México:  Palabra de Clío, 2015. Ver la sección "El hierro de los Orange", pp. 221-251.