sábado, 26 de noviembre de 2016

Los buques suicidantes (2)

En la entrada anterior tratamos del viaje más largo del mundo en la época de las naves a vela. Un trayecto que de Manila a Cadiz, pasando por Acapulco y Veracruz, podía tomar hasta dos años para completarlo. Todo podía suceder en ese tiempo, con muchas probabilidades de que la muerte sorprendiera a los pasajeros.

La parte de aquel texto que menciona la Isla de Cedros,  frente a las costas de Baja California, trajo a mi memoria un cuento de Horacio Quiroga titulado Los Buques Suicidantes. Recrea la atmósfera asfixiante y misteriosa de las calmas que ocurren en los mares, sin viento o peor aun cuando los barcos quedan entrampados en enormes telarañas de sargazos y ramas, islas flotantes que no aparecen en los mapas.



Comparto la narración del escritor uruguayo.

"Resulta que hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar un buque abandonado. Si de día el peligro es menor, de noche no se ven ni hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro.

Estos buques abandonados por a o por b, navegan obstinadamente a favor de las corrientes o del viento, si tienen las velas desplegadas. Recorren así los mares, cambiando caprichosamente de rumbo.

No pocos de los vapores que un buen día no llegaron a puerto, han tropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajan por su cuenta. Siempre hay probabilidad de hallarlos, a cada minuto. Por ventura las corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo. Los buques se detienen, por fin, aquí o allá, inmóviles para siempre en ese desierto de algas. Así, hasta que poco a poco se van deshaciendo. Pero otros llegan cada día, ocupan su lugar en silencio, de modo que el tranquilo y lúgubre puerto, siempre está frecuentado.

El principal motivo de estos abandonos de buque son sin duda las tempestades y los incendios que dejan a la deriva negros esqueletos errantes. Pero hay otras causas singulares entre las que se puede incluir lo acaecido al _María Margarita_, que zarpó de Nueva York el
24 de Agosto de 1903, y que el 26 de mañana se puso al habla con una corbeta, sin acusar novedad alguna. Cuatro horas más tarde, un paquete, no teniendo respuesta, desprendió una chalupa que abordó al _María Margarita_. En el buque no había nadie. Las camisetas de los marineros se secaban a proa. La cocina estaba prendida aún. Una máquina de coser tenía la aguja suspendida sobre la costura, como si hubiera sido dejada un momento antes. No había la menor señal de lucha ni de pánico, todo en perfecto orden; y faltaban todos. ¿Qué pasó?

La noche que aprendí esto estábamos reunidos en el puente. Ibamos a Europa, y el capitán nos contaba su historia marina, perfectamente cierta, por otro lado.

La concurrencia femenina, ganada por la sugestión del campo de batalla presente, oía estremecida. Las chicas nerviosas prestaban sin querer inquieto oído a la voz de los marineros en proa. Una señora recién casada se atrevió:

--¿No serán águilas?...

El capitán se sonrió bondadosamente:

--¿Qué, señora? ¿Aguilas que se lleven a la tripulación?

Todos se rieron y la joven hizo lo mismo, un poco avergonzada.

Felizmente un pasajero sabía algo de eso. Lo miramos curiosamente. Durante el viaje había sido un excelente compañero, admirando por su cuenta y riesgo, y hablando poco.

--¡Ah! ¡si nos contara, señor!--suplicó la joven de las águilas.

--No tengo inconveniente--asintió el discreto individuo.--En dos palabras--y en los mares del norte, como el _María Margarita_ del capitán--encontramos una vez un barco a vela. Nuestro rumbo--viajábamos también a vela--nos llevó casi a su lado. El singular aire de abandono que no engaña en un buque, llamó nuestra atención, y disminuímos la marcha observándolo. Al fin desprendimos una chalupa; abordo no se halló a nadie, y todo estaba también en perfecto orden. Pero la última anotación del diario databa de cuatro días atrás, de modo que no sentimos mayor impresión. Aún nos reímos un poco de las famosas
desapariciones súbitas.

Ocho de nuestros hombres quedaron abordo para el gobierno del nuevo buque. Viajaríamos de conserva. Al anochecer nos tomó un poco de camino. Al día siguiente lo alcanzamos, pero no vimos a nadie sobre el puente. Desprendióse de nuevo la chalupa, y los que fueron recorrieron en vano el buque: todos habían desaparecido. Ni un objeto fuera de lugar. El mar estaba absolutamente terso en toda su extensión. En la cocina hervía aún una olla con papas.

Como ustedes comprenderán, el terror supersticioso de nuestra gente llegó a su colmo. A la larga, seis se animaron a llenar el vacío, y yo fuí con ellos. Apenas abordo, mis nuevos compañeros se decidieron a beber para desterrar toda preocupación. Estaban sentados en rueda y a la hora la mayoría cantaba ya.

Llegó mediodía y pasó la siesta. A las cuatro, la brisa cesó y las velas cayeron. Un marinero se acercó a la borda y miró el mar aceitoso. Todos se habían levantado, paseándose, sin ganas ya de hablar. Uno se sentó en un cabo y se sacó la camiseta para remendarla.
Cosió un rato en silencio. De pronto se levantó y lanzó un largo silbido. Sus compañeros se volvieron. El los miró vagamente, sorprendido también, y se sentó de nuevo. Un momento después dejó la camiseta en el cabo arrollado, avanzó a la borda y se tiró al agua. Al
sentir el ruido, los otros dieron vuelta la cabeza, con el ceño ligeramente fruncido. En seguida se olvidaron, volviendo a la apatía común.

Al rato otro se desperezó, restregóse los ojos caminando, y se tiró al agua. Pasó media hora; el sol iba cayendo. Sentí de pronto que me tocaban en el hombro.

--¿Qué hora es?

--Las cinco--respondí. El viejo marinero me miró desconfiado, con las manos en los bolsillos, recostándose enfrente de mí. Miró largo rato mi pantalón, distraído. Al fin se tiró al agua.

Los tres que quedaban se acercaron rápidamente y observaron el remolino. Se sentaron en la borda, silbando despacio, con la vista perdida a lo lejos. Uno se bajó y se tendió en el puente, cansado. Los otros desaparecieron uno tras otro. A las seis, el último se levantó,
se compuso la ropa, apartóse el pelo de la frente, caminó con sueño aún, y se tiró al agua.

Entonces quedé solo, mirando como un idiota el mar desierto. Todos, sin saber lo que hacían, se habían arrojado al mar, envueltos en el sonambulismo moroso que flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba al agua, los otros se volvían momentáneamente preocupados, como si recordaran algo, para olvidarse en seguida. Así habían desaparecido
todos, y supongo que lo mismo los del día anterior, y los otros y los de los demás buques. Esto es todo.

Nos quedamos mirando al raro hombre con excesiva curiosidad.

--¿Y usted no sintió nada?--le preguntó mi vecino de camarote.

--Sí, un gran desgano y obstinación de las mismas ideas, pero nada más. No sé por qué no sentí nada más. Presumo que el motivo es éste: en vez de agotarme en una defensa angustiosa y a _toda costa_ contra lo que sentía, como deben de haber hecho todos, y aún los marineros sin darse cuenta, acepté sencillamente esa muerte hipnótica, como si
estuviese anulado ya. Algo muy semejante ha pasado sin duda a los centinelas de aquella guardia célebre, que noche a noche se ahorcaban.

Como el comentario era bastante complicado, nadie respondió. Se fué al rato. El capitán lo siguió un rato de reojo.

--¡Farsante!--murmuró.

--Al contrario--dijo un pasajero enfermo, que iba a morir a su tierra.--Si fuera farsante no habría dejado de pensar en eso, y se hubiera tirado al agua."

Los buques suicidantes (1)

Una narración sobre las islas Filipinas, escrita probablemente por un religioso que vivió allá entre 1620 y 1640, ofrece abundantes detalles que además tienen cierta flema dramática. El texto es anónimo pero el cronista jesuita Pablo Pastells consideró que por el estilo del texto y la época podría tratarse del padre Diego Bobadilla. El texto, si algún amable lector lo reconoce, está en la biblioteca del Don Carlo del Pezzo, de la cual no tengo otra referencia.


Un segmento de ese escrito se dedica al viaje desde Manila hacia España, via México. Solamente cuento con el texto en inglés, traducido del español por Emma Blair y James Alexander Robertson (volumen XXIX), pero en esencia es asi:

"El viaje desde Manila a México dura cuatro, cinco, seis o incluso siete meses.  Se parte de Manila,  que queda en los treinta grados y medio, en el mes de julio y durante los vendabales. Se toma rumbo al norte hasta que se llega a los treinta y ocho o cuarenta grados. Los pilotos toman ese curso porque están seguros de encontrar vientos favorables; de otro modo se corre el riesgo de encontrar  mar calmo, que es más temido en los largo viajes que los vientos fuertes. 

Desde el momento en que se dejan las Filipinas hasta que se llega cerca de las costas de la Nueva España no se ve tierra, excepto una cadena de islas conocida como Ladrones, o la Zarpana (también conocida como Rota en Guam), que está a unas 300 leguas del Embocadero de las Filipinas. Los habitantes de esas islas son bárbaros y van casi desnudos. Cuando nuestras naves pasan por ahí, esas personas llevan pescado, arroz, y agua fresca, que cambian no por oro o plata sino por hierro, que valoran mucho, porque lo usan para hacer sus herramientas y para la construcción de sus pequeñas embarcaciones. 

Después de esas islas, la primera tierra a la vista es la isla de Cedros, muy cerca de la costa de México. El espacio abierto entre isla de ladrones y esta isla está sujeto a grandes tormentas, que son peligrosas sobre todo cerca de Japón, que se pasa sin embargo sin poder verlo. Durante todo el largo viaje, no hay día en que no se vean pájaros. Son aves que viven en el mar y también se pueden ver ballenas y marsopas.

En cuanto se acercan a la costa de América, a una distancia de sesenta, ochenta o cien leguas hay signos en el mar que indican que el barco está a esa distancia. Estos signos son largos carrizos traídos por los ríos de la Nueva España, que se juntan y forman una especie de balsa. En esos carrizos se pueden ver monos, que son otro signo de que se aproxima la costa. Cuando el piloto descubre esos signos, cambia inmediatamente de curso, y en lugar de seguir hacia el este, coloca la proa del barco hacia el sur, para evitar quedar atrapado en el mar o en un golfo, porque se vuelve difícil salir de ahi. Pero cuando se divisa la costa se sigue hasta ella para llegar al puerto de Acapulco, que está a dieciocho grados.

Acapulco es un buen puerto, que está protegido de los vientos, y protegido por un fuerte. Ahí  desembarcan los pasajeros y las mercancías, que son llevada por mulas hacia la Ciudad de México, que está a ochenta leguas de distancia. El camino es desértico y cubierto en parte por montañas. Se sufre por los mosquitos y por el calor extremo. 

Para llegar de México a España se va al puerto de Vera Cruz, un viaje de ochenta y cinco leguas. En la ruta se pasa por Los Angeles (Puebla) que tiene cerca de seis mil habitantes, y donde el Obispo tiene un salario de sesesenta mil escudos.

El arrecife y las rocas en la boca del puerto de Vera Cruz defienden la entrada mejor que la fortaleza que la dirige, aunque el fuerte es excelente. A ese puerto arriban las flotas de comercio de España, que traen vino, aceite de oliva, ropa, cera, canela, papel y otras mercancías europeas. Esas flotas pasaban antes el invierno aqui, pues antes llegaban en junio y se quedaban hasta el año siguiente en el mismo mes. Ahora llegan en el mes de mayo y regresan en el mes de agosto. Por regla toman tres meses para llegar a España. En cuanto a mi, tomó cien días en hacer ese viaje.  

Se toca el puerto de la Habana en Cuba, que es el mejor puerto de las Antillas (y que es muy seguro y defendido por tres fortalezas). Ahí llegan dos flotas de comercio, la de México y la de Tierra Firme, que unen sus galeones. Desde ahí, siguiendo a lo largo de la costa de Florida y de Nueva Francia, llegan al cabo de Finisterre o San Vicente, para tomar curso hacia Cadiz, que es el fin del viaje. 

Este también es el fin de esta relación, que he escrito obedeciendo a una personas a quien espero le haya sido agradable."


* ¿Por qué le puse el nombre de buques suicidantes a esta entrada? Los invito a la leer la segunda parte.