viernes, 26 de febrero de 2016

Más información sobre antiguas bibliotecas en Manila

La historia de las bibliotecas en Filipinas es un penoso recuento de pérdidas constantes por incendios y guerras. Varios historiadores se han dado a la tarea de reconstruir, con evidencias dispersas, la existencia de buenas bibliotecas en Manila y en otras ciudades del archipiélago desde la llegada de los españoles. Ese ánimo por contar lo perdido tiene un sentido noble pues contribuye a comprender los alcances del pensamiento de los conquistadores (militares y espirituales); saber qué leían y conocer el espacio mental en que se desenvolvían. En este blog hemos hablado del mundo de los libros en los inicios de la conquista española de las Filipinas: la primera imprenta fundada en Manila en la década de 1590 y del primer título conocido, una doctrina cristiana de 1593. Los libros filipinos llegaron a América en los años subsecuentes, como lo atestigua la biblioteca del convento de Guadalupe, en Zacatecas, que posee algunos bellos ejemplares en papel de arroz. Hemos dado cuenta también de una biblioteca privada en Manila a fines del siglo XVI.

En esta ocasión nos basamos en dos estudios que se complementan. Uno, escrito por el historiador filipino Vicente S. Hernández acerca de las bibliotecas de las órdenes religiosas en Filipinas (1996) y el segundo es el recuento hecho en 2011 por John R. Crossley sobre la biblioteca de Hernando de los Ríos Coronel.

Las bibliotecas contenían variedad de temas, sobre todo religiosos, pero también científicos y literarios, en diversos idiomas. El idioma español llegó a ser dominante en los círculos letrados, por lo resulta interesante reflexionar que este elemento es otro de los muy estrechos vínculos entre la Nueva España y Filipinas en los siglos XVI a XVIII. Misioneros, comerciantes y administradores españoles terminaron sus días en México después de haber vivido por largo plazo en Filipinas. Esta circularidad de los colonos filipinos permite suponer que algunas de los acervos que se consideran desaparecidos probablemente se encuentran en América.

Vicente S. Hernández indica que la primera colección de libros debió ser llevada a Filipinas por los agustinos, que llegaron en la expedición de Miguel López de Legazpi a Cebú en1565. Los cinco misioneros agustinos fueron Fray Andrés de Urdaneta, Fray Diego de Herrera, Fray Martín de Rada, Fray Andrés de Aguirre y Fray Pedro de Gamboa. Poco después de la fundación de Manila en 1571, el pirata chino Li Ma Hon atacó la pequeña ciudad, quemó las casas y entre las pérdidas se cuentan los libros que poseían esos misioneros. En las décadas siguientes se construyeron nuevas iglesias (1574, 1586) que a su vez fueron afectadas por terremotos e incendios. A pesar de todos los embates, al final de ese siglo se contaba ya con una buena biblioteca de la orden de los agustinos.

Por su parte, los Franciscanos llegaron a Manila el 24 de junio de 1577 y establecieron el convento y la iglesia de San Francisco en Intramuros, dedicado a la Virgen de los Angeles el 2 de agosto de 1578. El lugar se convirtió desde entonces en la residencia oficial de los superiores de la provincia franciscana de San Gregorio Magno de las Filipinas y el Oriente, con una rica biblioteca, pero de acuerdo a Vicente S. Hernández no se cuenta con información detallada de los libros que contenía en sus orígenes. La biblioteca del siglo XIX sobrevivió a la salida de los españoles después de 1898, pero no al bombardeo de la Segunda Guerra Mundial.

Los frailes de la orden de Santo Domingo llegaron en 1588, pero el primer Arzobispo de Manila, Domingo de Salazar fue dominico y precedió a la órden desde 1579. Se tiene conocimiento de que contaba con una importante biblioteca, que debió incorporarse al acervo de los padres dominicos a la vuelta del siglo XVII. En este caso, la responsabilidad de esta órden al fundar la Universidad de Santo Tomás (UST), primera en su tipo en Asia, fue incrementar la biblioteca que en sus orígenes proviene de aquella remota etapa. Como casi todas las instituciones filipinas, el convento y la iglesia sufrieron las vicisitudes de las guerras y la destrucción casi total, sin embargo, la UST
cuenta todavía con invaluables colecciones antiguas.


Libro tagalo para la enseñanza del idioma español, 1610

El obispo Salazar invitó a los jesuitas a instalarse en Manila en 1581. Los primeros misioneros jesuitas en Filipinas fueron Antonio Sedeño, Alonso Sánchez y Pedro Chirino. La historia piadosa cuenta que los padres llegaron con pocos objetos, pero con una caja de libros. Ya en 1585 contaban con el Colegio de Manila, también conocido como Colegio de San Ignacio. Cuando los jesuitas fueron expulsados de los territorios españoles, en el año 1768, la biblioteca fue distribuida entre las demás órdenes. Los jesuitas regresaron a Filipinas en 1859 y comenzaron a reconstruir los acervos, pero igualmente una parte importante se perdió sobre todo en los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.

El texto de Vicente S. Hernández salta al siglo XIX para enlistar esfuerzos realizados por autoridades civiles bajo el espíritu reformador de los Borbones. En la última etapa del dominio español en Filipinas se intentó la modernización de los acervos y se establecieron sociedades especializadas en aspectos económicos, sobre todo geografía, agricultura, e industria. Tales sociedades llevaron a las islas nuevos textos relacionados con el avance técnico y se encargaron de difundir el conocimiento de la época, también con la publicación de material de divulgación. El 12 de agosto de 1887 se estableció por orden real el Museo-Biblioteca de Filipinas, bajo el Departamento de  Administración Civil del gobierno local. Comenzó a funcionar en 1891, con cuatro temas: antropología y etnología; historia natural; artes y oficios. Contaba con alrededor de 1,500 libros que habían sido adquiridos en Filipinas y tenía una afluencia de 30 visitantes diarios. Tuvo varios cambios de directores y el traslado de Intramuros (Casa de Moneda) a Quiapo, por lo que tuvo que cerrar intermitentemente. Cabe mencionar que en 1898 estalló la revolución y el proyecto se congeló.

Una reflexión personal, quizás parcial, es imaginar a José Rizal descubriendo material de la historia de Filipinas en la biblioteca del Museo Británico, o por medio de amigos como Ferdinand Blumentritt, gran coleccionista de libros sobre Filipinas. Ante la ausencia de bibliotecas actualizadas y no comprometidas con el aspecto religioso, fue necesario encontrar la historia en otras latitudes.

En la próxima entrega seguiremos con el tema y reseñaremos un excelente ensayo de John R. Crossley que queremos compartir con los lectores.