sábado, 23 de junio de 2012

Los peruleros

Con un cálido abrazo para Jaime Casafranca.

Con la llegada del primer virrey español al Perú, Blasco Nuñez de Vela, en 1544, se inició un prolongado período de control en el vasto y accidentado territorio de esa parte de América Latina. La tarea principal de su gobierno era limitar el poder de los encomenderos españoles en aquellos espacios y aplicar las Leyes Nuevas, un ambicioso catálogo de ordenanzas reales que deseaban impedir el exterminio de los indígenas. Si bien su gobierno duró apenas dos años, interrumpido violentamente por la sublevación de los propios encomenderos dirigidos por Gonzalo Pizarro, la institución virreinal se mantendría hasta 1824.

Me interesa destacar aquí que el inicio traumático del régimen virreinal, tanto en Perú como en la Nueva España, no se limitó a establecer el control imperial sobre amplísimos espacios, poblaciones y riquezas, que superarían la imaginación de los administradores ibéricos, sino que tuvo entre sus consideraciones una interpretación de conjunto, que incluía la expansión hacia el Pacífico rumbo a Asia.

Geopolítica en estado puro, un poco de ingenuidad y mucho de ambición, pero que siglos después nos puede dar la clave de las acciones que se tomaron en la segunda mitad del siglo XVI y en el XVII para regular las relaciones entre ambos virreinatos, dominar el comercio con Filipinas y en ese contexto controlar la circulación mundial del mercado de la plata.

Si observamos a la Nueva España y a Perú como dos aristas de un triángulo que se proyecta hasta Filipinas, es posible interpretar muchas de las decisiones que iban tomando en aquellos años los administradores coloniales y los comerciantes instalados en las capitales virreinales, desde México a Lima y hasta Manila. En esa fórmula, los comerciantes de la península, especialmente en Sevilla, observaban con preocupación creciente el riesgo potencial de que ¨terceros¨ terminasen controlando el comercio global.

En la Nueva España los comerciantes provenientes del Perú eran conocidos como peruleros, quizás en sentido peyorativo, pero al paso de los siglos el término adquirió un sentido más bien familiar, como en el juego de Juan Pirulero.



La investigadora mexicana Guadalupe Pinzón Ríos sintetiza:

(...) es necesario recordar que la Nueva España tuvo dos tipos de vínculos marítimos: con las costas peruanas y con las islas del Poniente. Ambos jugaron un papel relevante ya que gracias a ellos los virreinatos americanos obtuvieron beneficios económicos propios, pero también ajenos a los intereses de su metrópoli. Debido a la importancia que cobraron los intercambios realizados por el Pacífico, en detrimento de los que se mantenían con España, las autoridades reales paulatinamente los limitaron. Por un lado se estableció la periodicidad anual a las navegaciones de los galeones y se dictaron topes máximos a las mercaderías embarcadas (...) Sin embargo, estas ordenanzas no se cumplían y era común que se sobrepasaran los cargamentos permitidos. Por otro lado se procuró evitar que productos filipinos llegaran a Perú y así asegurar que este virreinato consumiera efectos peninsulares. 

Carmen Yuste ilustra esta etapa de la siguiente manera:
En los años iniciales de la colonización de Filipinas y una vez abierta la línea transpacífica fue muy importante la presencia de los comerciantes de Perú, tanto en los negocios de feria en Acapulco, como en contadas expediciones mercantiles que llevaron a cabo de manera directa hacia Manila.
A fines del siglo XVI, los comerciantes peruleros acusaban el enorme retraso con que recibían los abastos a través del Istmo de Panamá, resaltando las enormes ventajas que obtenían al comprar por la vía transpacífica artículos de seda e incluso materias primas necesarias, como hierro y cobre. Sin embargo, sus pretenciones de establecer una vía directa con Manila fueron cortadas de tajo por la Corona y sólo se conservó, por breve tiempo más, la secular navegación a Acapulco que les permitía comprar mercancías que introducía en este puerto el galeón.
Cuando en 1593 se reservó a Nueva España la recepción del galeón filipino y el mercado exclusivo de las mercancía asiáticas, se ordenó que lo transportado de Manila a Acapulco no se pudiera llevar a Perú, Tierra Firme, Guatemala o cualquier otro sitio de América. A pesar de las muchas disposiciones en contra, los peruleros continuaron desplazándose a Acapulco, comprando gran parte de la carga en las mismas playas del puerto y remitiéndolas de inmediato hacia Perú. En realidad, fue hasta 1640 que quedó prohibido en definitiva el tráfico y comercio de mercancías asiáticas con los puertos de Perú, con el de Realejo e incluso el desplazamiento del galeón al puerto de Huatulco en el sureste novohispano.
En próximas entradas informaré con más detalle sobre la mecánica de ese intercambio entre Nueva España y Perú, así como de la pugna por el comercio transpacífico. Una vasta red de intereses dominó la relación entre ambos virreinatos y forjó una percepción compartida de las élites sobre las oportunidades que brindaba el comercio con Asia.
________________

Guadalupe Pinzón Ríos. Una descripción de las costas del Pacífico Novohispano del siglo XVII, EHN 39, julio-diciembre, 2008. Facultad de Estudios Superiores de Acatlán. UNAM, México. http://www.ejournal.unam.mx/ehn/ehn39/EHN000003905.pdf

Carmen Yuste López. Emporios Transpacíficos, comerciantes mexicanos en Manila, 1710-1815. México, UNAM, 2007, p. 39.

Margarita Suárez. Desafíos trasatlánticos. Mercaderes, banqueros y el estado en el Perú virreinal, 1600-1700, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo de Cultura Económica e Instituto Francés de Estudios Andinos, 2001, p 240-241.

lunes, 11 de junio de 2012

Se buscan

La doctora en Historia del Arte, Rie Arimura, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, recuerda que el pasado 8 de junio fue el 150 aniversario de canonización de los 26 mártires cristianos en Nagasaki, Japón. 

En el marco de esta conmemoración, en el Museo de los 26 Mártires en aquella ciudad japonesa se inauguró una exposición especial. En ella están exhibidas cerca de cien pinturas de la vida de san Felipe de Jesús realizadas por niños mexicanos en 1962 y que fueron enviadas a Nagasaki para conmemorar la fundación de la Iglesia de San Felipe y el citado museo. Se tiene noticia, por una vieja filmación, que también algunos de esos escolares mexicanos viajaron a Japón, muchos de ellos tendrán ahora cerca de 60 años.

Cincuenta años después de la fundación del museo y con el propósito de reunir a los niños que en esa época participaron en recordar a los mártires y a San Felipe de Jesús, se está tratando de localizar a personas involucradas con aquel evento.

Si conoce a alguna de estas personas, favor de comunicarse al (01) 55 5544 2252, al (01) 55 5585 1973 o escribir a: rie_arimura@yahoo.com.mx o emma_leticia@hotmail.com

El sentido de este esfuerzo consiste en dar a conocer las gestiones y aportaciones realizadas por mexicanos hace 50 años y, al propio tiempo, poder rescatar una historia de intercambios entre México y Japón en épocas más recientes.

miércoles, 6 de junio de 2012

El Pacífico americano

Durante los cuarenta años del reinado de Carlos V de España, de 1516 a1556, se desarrolló un intenso tráfico marítimo en las costas del recién descubierto Mar del Sur, desde la Nueva España hasta Perú. El principal interés de los españoles en el espacio que hoy conocemos como Pacífico fue la búsqueda de nuevos territorios de conquista, que llevaron a cabo personajes como Francisco Pizarro y Diego de Almagro, junto a tantos otros exploradores, sacerdotes, esclavistas y aventureros, quienes fueron articulando la expansión española en torno al mantenimiento de rutas marítimas, con la consiguiente tala de bosques, construcción y carenado de barcos, control de mano de obra indígena y africana, principalmente en América Central.

Desde Acapulco hasta Panamá se desarrolló en la primera mitad del siglo XVI un fragorosa industria marinera, que desde su inicio alimentaría con recursos y hombres la conquista del imperio Inca entre 1531 y 1533. Como señala Woodrow Borah ¨La comunicación y el comercio marítimo y terrestre entre las diversas colonias españolas del Nuevo Mundo se iniciaron casi con su establecimiento¨. Aún en la actualidad es difícil imaginar la intensidad del intercambio material y humano que se suscitó en ese breve período, con la apertura de puertos y establecimiento de poblaciones orientadas al comercio, algo que se acentúa por la escasez de documentos y registros de ese primer período.


Centroamérica en un mapa de 1600

A mediados del quinientos, el comercio integraba tanto los puertos en el Golfo de México, como en el Caribe, la media luna centroamericana y el reino del Perú. 

En el Caribe, los barcos no sólo distribuían los artículos que llegaban de España en los galeones, sino que llevaban de una colonia a otra los productos locales. En el siglo XVI la Habana compraba harina mexicana y Veracruz recibía de Yucatán, por mar, cera y miel de abeja. En el Pacífico, el tráfico principal comprendía el transporte de carga y pasaje entre Panamá y el Perú, porque los galeones llegaban únicamente a la costa atlántica del Istmo, al puerto de Nombre de Dios. También se desarrolló un tráfico considerable de pasajeros y mercancías locales no sólo entre los ¨varios reinos del Perú¨, sino también entre la costa occidental de Sudamérica y la costa occidental de la Nueva España.

Los limeños bebían chocolate centroamericano y lo pagaban con plata del Potosí. Dejando atrás a Guatemala, las naves coloniales unían a los dos grandes centros virreinales españoles del Nuevo Mundo, México y Lima. El viaje entre México y el Perú era quizás el más largo y difícil de los que se realizaban en aguas del Pacífico frente a las costas de América.
Aún en la actualidad las comunicaciones terrestres entre Centro y Sudamérica encuentran dificultades en cuanto a la infraestructura, como en el caso de Panamá donde se debate sobre la viabilidad de completar la ruta panamericana pues los requerimientos técnicos son de tal magnitud que podrían afectar la biósfera del estrecho de Darién. Desde aquel período de conquista, la comunicación debió ser necesariamente por la vía marítima.

El transporte terrestre de carga y equipaje por recua de mulas, o mediante el uso ilegal, aunque común, de cargadores indígenas era tan lento y costoso que se prefería el transporte por mar siempre que fuera posible. Además, dos barreras geográficas formidables hacían imposible que se abriera una ruta por tierra entre México y Lima. En el sur de Costa Rica y en el norte de Panamá, unas montañas extraordinariamente abruptas y las espesas selvas hacen el transporte por tierra prohibitivamente difícil. Los españoles no pudieron ni siquiera abrir un camino a través de esa zona hasta que conquistaron y colonizaron Costa Rica en la década de 1560 a 1570. Más al sur, en el sur de Panamá y en el Chocó, la cordillera y una de las selvas más espesas y lluviosas del mundo hacían prácticamente imposible los desplazamientos por tierra, de manera que después de los primeros y penosos intentos de exploración que se hicieron, la comunicación entre Panamá y el sur se hizo enteramente por mar. 

___________________
Woodrow Borah, Comercio y navegación entre México y Perú en el siglo XVI, Instituto Mexicano de Comercio Exterior, México, 1975. (Primera edición en inglés, 1954).