viernes, 27 de enero de 2012

Los eventos de Camboya


Los acontecimientos de Camboya quedaron en el olvido durante los siglos XVIII y XIX. Un libro que daba cuenta de los hechos militares en aquel país, poco tiempo después de que habían ocurrido, es La breve y verdadera relación de los sucesos del Reyno de Camboxa al Rey Don Philipe nuestro Señor, escrito por fray Gabriel de San Antonio de la orden de Santo Domingo, y publicado en Valladolid en 1604.


Durante mucho tiempo este texto fue muy difícil de localizar y era prácticamente inaccesible para el gran público, hasta que en 1914 apareció una traducción al francés, a cargo de Antoine Cabaton, con un amplio estudio preliminar y muy abundantes notas.  

sábado, 21 de enero de 2012

Tercera Jornada, 1598

El gobernador Francisco Tello encabezó el gobierno de Filipinas de 1596 a 1599 y en ese cargo dió punto final a la aventura en Camboya. Entre tanto y liberado de sus responsabilidades oficiales, el anterior Gobernador, el joven Luis Dasmariñas retomó las riendas del asunto y cubrió con su propio patrimonio los costos de una nueva expedición, sin resultados positivos. El fracaso del tercer intento se debió aparentemente a que la pequeña armada salió a destiempo del puerto de Cavite, en el mes de septiembre de 1598, en plena temporada de monzones y, al enfrentar vientos contrarios tuvo que buscar refugio en la costa de China, en un puesto militar español denominado El Pinal, a seis leguas marítimas de Cantón. El almirante del barco insignia, Pedro de Béistegui, perdió el rumbo cerca del actual Vietnam y, en el naufragio de esa nave perecieron ahogados alrededor de cuarenta y cinco soldados.

Entre los soldados de esta tercera jornada, Tello señala en un informe oficial, había un grupo que recientemente había llegado desde la Nueva España, quienes debido ¨a ser muy flojos y la tierra muy pobre para mantenerlos me pareció que serían útiles para esta expedición, especialmente porque en esta ocupación (como soldados) serán pagados sin ningún costo para Su Majestad.

Desde su refugio, Luis Dasmariñas continuó solicitando refuerzos y pertrechos, pero el gobernador Tello, con el respaldo de la Audiencia de Manila, decidió no acceder a sus peticiones para no dejar desprotegida la ciudad. En cambio, le pidió que regresara a Filipinas, de modo cortés, puesto que ya la empresa era un asunto privado pagado por el propio Dasmariñas. Las razones del Gobernador, explicadas en la misiva al Rey, eran precisamente la estrechez en que vivía Manila y la necesidad de soldados para defenderla de un eventual ataque, como efectivamente sucedió en los años subsecuentes. En Madrid se consideró correcta la decisión del Gobernador y, de hecho, se dio por concluida oficialmente la invasión a Camboya.

Consecuencias

Años y siglos después, la aventura de Camboya adquirió tintes épicos, útiles para las narraciones populares en España y en México. Casi de inmediato, el impacto de aquellas jornadas incendiaron el ánimo popular en España y en América. Un hecho demostrativo  del impacto de la empresa camboyana es que autores contemporáneos a los hechos se inspiraron para escribir literatura de ficción, probablemente perdida para siempre, como la de Andrés Claramonte y Corroy, El nuevo Rey Gallinato y ventura por desgracia, así como la de José Martino Ferreira, Relacao que contem os venturosos e prodigiosos successos de Joao Baptista Gallinato, e como veyo a ser Rey das provincias e reynos de Camboya que esta junto com o grande e potentissimo reyno de China.

Subyace en los informes y en la literatura una queja constante contra los novohispanos, expresada de maneras muy diferentes, incluyendo la sátira que se hacía de ellos en Filipinas, calificándolos como pícaros y buscones. Este es el argumento que manejó el padre Gabriel Quiroga de San Antonio en el año 1604, para solicitar al rey Felipe III que reiniciara la conquista de Camboya y otros reinos (Laos, Anam, Siam). Aparte de la posibilidad de anexionar otros reinos al imperio español y propagar la fe cristina, se propuso la transmigración americana al continente asiático.

Claramente es una posición opuesta a las del gobernador Dasmariñas padre, pero refleja la misma preocupación respecto a la carga social que constituían los criollos. De su puño y letra señala:

(...) la oportunidad de dar ocupación y buen uso a toda la gente perdida, inútil y dada a la vagancia que existe en México, Perú y Filipinas, que existen en abundancia y que no necesitan ser traídos de España. El daño que estos soldados causan por doquier donde se presentan y sus malas acciones que podrían cometer es más de una razón para enviarles en esta misión. Además es evidente que la novedad de la jornada y la esperanza de obtener resultados es lo que los mantendrá pacificados.

Otro documento, el memorial escrito por Pedro Sevil de Guarga, impreso en Valladolid en 1603 y resumido por W.E.  Retana en 1909, es ilustrativo del pensamiento de aquella época. Este capitán había participado en las incursiones en Camboya e insistía en que por razones religiosas y de honor, España debería continuar su campaña en la península indichina. Su petición fue apoyada por 18 teólogos españoles. En aquel momento, el espíritu de aventura invadió al Conde de Bailén, quien ofreció financiar y encabezar una nueva invasión a Camboya.


Afortunadamente la Corona española desoyó tales propuestas, que la hubieran conducido a una aventura desastrosa. Tanto Felipe II como su hijo mantuvieron una actitud prudente, a pesar de las presiones que existían por parte de los representantes de Filipinas en la corte española, especialmente algunos religiosos que abogaban por tales empresas.

Siglos después W.E. Retana opinaba que el buen tino de Rey de España desestimó las pretensiones de Sevil y de sus teólogos, ¨con lo que probó que era mejor cristiano que éstos¨. En la actualidad podemos identificar esa prudencia con una visión global que desde el vértice del imperio español percibía la dificultad de expandir una costosa maquinaria que estaba en crisis, el imperio enfermo.

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Informe del gobernador Francisco Tello, ibidem, p.229.

viernes, 13 de enero de 2012

Segunda jornada, 1594-1596

Antonio de Morga indica el año de 1594 como fecha del arribo a Manila de ¨un junco grande, en que venían algunos Cambojas y Sianes y pocos Chinas¨.  En ese navío llegaba Belloso, y de inmediato se reunió con Blas Ruys Hernán González (en adelante, Blas Ruiz), con quien se preparó para convencer al nuevo gobernador de las islas, Luis Dasmariñas, para que enviara tropas para defender ahora al Rey de Camboya contra el Siamés. Este joven gobernador era hijo de Gómez Pérez Dasmariñas, quien fue asesinado un año antes, en 1593, cuando iba hacia las islas Molucas.

Belloso y Blas Ruiz lograron primero el apoyo de los influyentes dominicos o, como dice el cronista, ¨los tomaron como valedores¨ ante el nuevo Gobernador. Seguramente en sus relatos mostraba la parte fiera de su carácter, sin explicar lo ocurrido realmente en Camboya y con el Rey de Siam. Tenía ante sí a un público deseoso de aventuras y era sencillo conmover a los frailes y al joven gobernador de la posibilidad de una gran hazaña con bajo costo en los países vecinos.

Luis Dasmariñas, un hombre joven y con poca experiencia decidió enviar a Camboya una armada comandada por el sargento mayor de Manila, Juan Juárez Gallinato, compuesta por tres barcos con 120 españoles y algunos mercenarios japoneses y filipinos a bordo. Es importante señalar que las autoridades de Manila, el Ayuntamiento y el jefe militar, no vieron ninguna justificación para la empresa autorizada por el Gobernador con el apoyo de los religiosos de la Orden de Santo Domingo.

Antonio de Morga, a la sazón Capitán General de las islas, señaló en su momento tres razones en contra de tal decisión, mismas que quedaron por escrito: la mermada población española que permanecía en Manila; el desconocimiento de lo que realmente sucedía en Camboya, y el peligro político de hacer enemigo al Rey de Siam, del que tampoco se conocía el verdadero poder. Con tales conflictos, de Filipinas partió la misión hacia su incierto destino.

Quizá para atemperar los argumentos expuestos por el Capitán General, el gobernador Luis Dasmariñas consideró útil realizar una maniobra de distracción, por lo que envió de regreso a Tailandia a la tripulación que había llegado con Belloso, incluyendo para el efecto algunos regalos para el Rey de Siam, pensando que con esa treta podría ocultar sus verdaderas intenciones. Como es lógico, tal maniobra habría de resultar de lo más desafortunada, ya que el Gobernador actuaba del mismo modo que los mercenarios a quienes respaldaba.

De cualquier modo, la armada española enfrentó días después un temporal que dispersó las naves. Juárez Gallinato encalló en Singapur, una pequeña y hermosa isla anclada en el océano malayo, mientras que Belloso y Ruiz llegaron a la desembocadura del río Mekong, unas 600 millas al norte. Así, un viaje que regularmente tardaba ocho días culminó en semanas de padecimientos en medio de la selva.

Finalmente, Belloso y Ruiz lograron reunir sus tropas y llegar a la capital camboyana (Chordemuco) y encontraron un escenario completamente distinto al que suponían. Los camboyanos, lidereados por un hombre llamado Anacaparan, habían echado fuera a los siameses y habían colocado a su líder en el trono de Camboya. Los españoles decidieron aprovechar la situación y, en espera del capitán Gallinato, trataron de ponerse a las órdenes del nuevo jerarca camboyano, quien vivía a cierta distancia de la capital, en una aldea denominada Sistor. Sin embargo, el nuevo líder desconfió de los soldados procedentes de Filipinas, no aceptó recibirlos, aunque tampoco actuó en su contra.

En aquel momento, había en la capital camboyana seis barcos chinos y, en los días de espera, los españoles comenzaron a tener fricciones con sus tripulantes ¨por razones de honorº. No tardó esta situación en convertirse en otro acto de vandalismo, cuando los españoles mataron a gran número de chinos y les robaron sus mercancías. El Rey camboyano censuró tales actos y los españoles decidieron acudir a su corte en Sistor, a nueve leguas de distancia, para presentar una carta, falsificada, del Gobernador de Filipinas (la original estaba en manos de Juárez Gallinato, en Singapur). Anacaparan no los recibió y por el contrario los mantuvo a distancia, ordenándoles terminantemente reintegrar las mercancías a los chinos.

Temerosos de su situación, Belloso y Ruiz decidieron escapar pero, antes de hacerlo, hacia la media noche entraron a la aldea donde estaba el rey Anacaparan, incendiaron las chozas y asesinaron a muchos camboyanos y a su líder. Sólo entonces dieron la media vuelta para regresar a FIlipinas, perseguidos por los airados camboyanos. Cuando llegaron a la capital camboyana encontraron a Juárez Gallinato, quien recién llegaba de Singapur y trataron de convencerlo de ocupar Camboya. Deseaban persuadirlo de que, una vez muerto el Rey, muchos líderes y señores camboyanos aceptarían la tutela española. Gallinato decidió no proseguir con tal desatino y reprendió a sus subalternos por los enfrentamientos recién ocurridos, aunque...¡les incautó el botín! y se fue rumbo a Vietnam.

Sin embargo, Belloso y Ruiz lograron convencer a su capitán de que ellos viajarían a la capital de Laos, Langxan, donde estaba exiliado el rey legítimo de Camboya, Praucar Langara. Días después llegaron a la ciudad que hoy se conoce como Vientián y encontraron una nueva sorpresa: el Rey había muerto y sólo quedaba su hijo, un adolescente del mismo nombre, aficionado al alcohol y dominado por su abuela y sus tías. Convencidos de que, ante las nuevas circunstancias, era el momento de entronizar al joven los españoles regresaron a Camboya, río abajo, en diez embarcaciones, acompañados de los camboyanos leales al nuevo monarca.

Monumento a Diego Belloso en Camboya s/f

Luego de asesinar a los que se oponían a este nuevo Rey, Belloso y Ruiz obtuvieron el reconocimiento oficial como caballeros (Chao Phraya) de Camboya, comandantes militares y jefes cada uno de una provincia. En la efímera corte del joven Praucar las circunstancias se fueron complicando para los españoles, debido a que un militar musulmán, probablemente venido de Malasia, se amancebó con una tía del Rey y paulatinamente disputó la influencia de Belloso y Ruiz sobre el joven monarca. Al cabo de poco tiempo, dicho líder militar pudo dominar completamente la situación y expulsar a los españoles.

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Antonio de Morga, Sucesos de las islas Filipinas, capítulo V. p.92.

sábado, 7 de enero de 2012

Planes de invasión

A lo largo de casi una década, de 1592 a 1600, un puñado de soldados y frailes españoles entró en el reino de Camboya, se hizo de un gran poder, para al fin perderlo todo. Los capitanes de esta aventura, con nombres dignos de una novela, eran peninsulares: Juan Juárez Gallinato, Diego Belloso y Blas Ruiz Hernán González, quienes vivieron una de las historias más extrañas y fantásticas de la conquista de las Filipinas, a finales del siglo XVI. Mientras los líderes de esa campaña eran españoles, cabe suponer que la tropa anónima era mexicana, compuesta por colonos, marinos y mercaderes llegados de la Nueva España.

La invasión de Camboya podría atribuirse al espíritu caballeresco de los españoles quijotescos, avant la lettre y, entre ellos, algunos nuevos mexicanos que, habiendo pasado por tierras de la Nueva España, terminaron sus vidas en Filipinas por aquellos años. Pero a diferencia del humanismo cervantino, estos quijotes simplemente actuaban en razón de intereses mezquinos. Una revisión de los hechos que condujeron a la invasión de Camboya por tropas españolas arroja interesantes elementos para apreciar que, entonces como ahora, existen reglas inviolables del trato internacional, de la cortesía y del derecho.

La aventura de Camboya puso de relieve el dilema de invadir la región del Mekong para enviar allá a la escoria que pululaba en América y que también llegaba a Asia. Desde un principio, la preocupación de poblar Filipinas con gente blanca y decente fue un prurito de la Corona española.

En la práctica, el problema era que la población criolla que abundaba en México, en permanente demanda de privilegios de clase, si tenía los rasgos físicos que tanto aprecian aún ahora en la televisión y en las revistas de sociales, pero constituía una pesada para el erario y para el mantenimiento del orden en la Nueva España (*).  El excedente de aquella población desempleada se enviaba a las islas a realizar tareas militares y administrativas aunque, en realidad, era una especie de honorable destierro. Hemos tratado el tema de los forzados y reclutas en notas anteriores.

En México se acostumbraba decir a los indeseables: mándalo a Filipinas. Estos mexicanos de mala fama adquirieron el mote de Huachinangos (red snapper) entre los filipinos, quizás por su color, pero más por su carácter arrogante y advenedizo... los ancestros de nuestros políticos de oportunidad, los arribistas de todas las épocas.






En el año 1593 el gobernador de Filipinas, Gómez Pérez Dasmariñas, se quejaba amargamente de que llegaban de México personas de muy mala calidad.

En México ay un abuso, que para limpiar aquella tierra de fascinerosos y malos los destierran a título de soldados, que sirvan a V. Md. (Vuestra Majestad) y no son buenos sino para estragalla (estragarla, echarla perder), pegando los malos vicios y costumbres que de allá sacaron a los de acá: que en una república que ahora nace es de mucho inconveniente a su principio, a lo cual no avían de passar (a Filipinas) sino los hombres más enteros, qualificados y virtuosos, y assi están desacreditadas estas yslas, de que aquí no llega un hombre de bien; suplico a V. Md. lo mande considerar y remediar, con que si fuere posible, la gente de guerra que aquí viene sea de la buena de Castilla, y de allá venga y lo mismo si hoviere lugar sea de los religiosos, que no vengan de México, sino de los reynos de Castilla, y los más escenciales y exemplares.

Podría parecer, simplemente, que los españoles atribuían todos los males a los novohispanos, sin ver sus propios defectos pero, más que cierto chovinismo, la corrupción era rampante en las colonias españolas, tanto en América como en Filipinas. Una carta escrita en Filipinas por el padre agustino Alonso de Vico, dirigida al obispo de Nueva España, muestra la desesperación de algunos pocos que veían la grave descomposición social que prevalecía en la joven colonia:

El estilo de la Nueba España de los hombres pobres para hacerse ricos, es pensar tener un hijo frayle que luego al mismo punto es rico, porque los conventos son ricos y los bienes de la orden que debrían gastarse en servicio de Dios se reparten entre los priores y provinciales, de modo,  que ya están introducido que los priores, demás de la coleta (el estipendio, sueldo) que se da señalada por la provincia al provincial, se le a de untar las manos muy bien (ahora decimos en México dar mordida) y que aquel es mejor prior que unta las manos (...)

Más adelante afirma ante el Obispo:

(...) testigo soy de vista que de un convento nuestro llamado Chilapa (en el actual estado de Guerrero, en México) sacó el provincial dinero y ropa y otras joyas más de quatrocientos ducados y que vinieron unos indios a quexarse del prior, porque más de treinta leguas les havía hecho ir cargados al puerto de Acapulco a costa de los mismos indios, y no les quiso pagar nada, y el provincial que es aora de la Nueba España Fray Juan de Contreras tenía una hermana que no era rica, y aora lo es notablemente, y a este tono son todas las cosas de la Nueba España.

... y continúa lamentándose, porque:

Más aunque esto está perdido, sin comparación está más esta pobre y miserable provincia de las Philipinas, porque los males de ellas andan tan públicos que los religiosos de ella no sólo son escándalos a los fieles a cuya vista estamos (...) porque esta provincia está tan apoderada de criollos, que no se usa sino los mismo que en la Nueba España y con más publicidad y libertad; hay religiosos que tractan y tienen grangerías (hacen negocios); no se habla de letras ni de estudios, porque dizen que en esta provincia no son necesarias las letras.
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Carta transcrita por W.E. Retana en su edición de Sucesos de las Islas Filipinas, México, 1609. Eds. Polifemo, Madrid, 1977, pp. 194-195.

(*) La migración proveniente de otros territorios americanos, como el Virreinato del Perú, era muy limitada en Filipinas.

lunes, 2 de enero de 2012

Lo que acontecía en Siam, 1593

Continua el relato sobre la invasión a Camboya.

Las embajadas que llegaban a Manila eran, sin duda, un testimonio de la importancia que los diversos reinos de la región reconocía en la presencia española en Asia. En efecto, a pocos años de controlar Filipinas, los ibéricos habían logrado concitar el respeto, o quizás el temor, de sus vecinos, quienes prefería mantener un ambiente pacífico, pero distante, de los recién llegados a la región.

El puñado de hombres de espada y de fortuna comandado por Belloso habría regresado al reino de Camboya, pero las circunstancias  en aquel reino habían cambiado radicalmente: el Rey de Siam (tailandés) había realizado una rápida campaña sobre Camboya y Laos y había regresado a su ciudad capital, Ayuthaya.

Corría el año de 1593.

(...) En la ciudad de Chordemuco (capital de Camboya en ese entonces) con Prauncar Langara, el Rey de aquellos lugares, cuando vino sobre él, el Rey de Siam, con mucha gente de guerra y elefantes, tomó la tierra, y la casa y tesoros del rey, que con su muger y hermana y una hija, y dos hijos que tenía, se entró huyendo la tierra adentro, hasta el reyno de los Laos.

En la versión de los participantes españoles, el Rey de Siam regresó a Ayuthaya dejando algunos capitanes siameses (tailandeses) de guardia en Camboya ¨y lo que no pudo llevar por tierra lo envió a Siam por mar, en algunos juncos. Apresó a tres castellanos que allí encontró y los embarcó con otros esclavos camboyanos en el junco, con mucha ropa y guardia siamesa, y chinos marineros¨

Hallándose en la mar, los tres españoles se sublevaron con la ayuda de los chinos y mataron y rindieron a la guardia de Siam. No obstante, los aliados circunstanciales, chinos y españoles, tomaron el barco por botín y discutieron dónde debía dirigirse la nave. Si aceptamos esta versión, pensaríamos que, como no hubo acuerdo, los tres españoles vencieron a varias decenas de chinos y mataron a la mayoría, llevando la nave a Manila, para luego liberar a los camboyanos que habían sobrevivido.


Ayuthaya, capital del Reino de Siam

El Rey de Siam, llegando a su corte en la ciudad de Ayuthaya, al norte del actual Bangkok, esperaba el navío y, al ver la tardanza, temió que se hubiera perdido o, como en efecto sucedió, que la tripulación se hubiese insurbordinado. Por ello mando en busca de la nave a uno de los españoles que tenía cautivo, ni más ni menos que a Diego Belloso, al que el Rey de Camboya enviara a Manila como mensajero. Se convirtió así, de pronto, en embajador del bando contrario. Para convencer al Rey de Siam, Belloso prometió que regresaría con múltiples riquezas y, sobre todo, con la ayuda de los españoles de Filipinas.

Su plan dio resultado y obtuvo un navío con rumbo a Manila, comandado por un soldado siamés. No obstante, la nave encalló en Malaca (en Malasia, cerca del actual Singapur). Con ese incidente, el comandante tailandés decidió deshacerse de la carga, venderla en aquel puerto y regresar a Siam, pero amaneció misteriosamente muerto ... y Belloso pudo seguir su camino a Filipinas con todo y regalos.