domingo, 30 de enero de 2011

Caminos de la plata

Saludos a Alejandro y sus investigaciones sobre la minería contemporánea

En agosto de 2010, la UNESCO declaró 55 sitios en el norte de México como parte de la lista de de patrimonio cultural de la humanidad, en el denominado Camino Real de Tierra Adentro. Se trata de la ruta que parte de la Ciudad de México y llega a Santa Fe, Nuevo México y al enorme estado de Texas; una línea de comunicación que también fue conocida como "Camino de la Plata". Comprende cinco sitios ya inscritos en la lista de Patrimonio Mundial y otros 55 sitios más, situados a lo largo de 1,400 km, entre los que se identifican conventos, haciendas, antiguos pueblos, puentes, cementerios, minas, templos y capillas, cuevas. La página de UNESCO señala:

Utilizado entre los siglos XVI y XIX, este camino servía para transportar la plata extraída de las minas de Zacatecas, Guanajuato y San Luis Potosí, así como el mercurio importado de Europa. Aunque su origen y utilización están vinculados a la minería, el Camino Real de Tierra Adentro propició también el establecimiento de vínculos sociales, culturales y religiosos entre la cultura hispánica y amerindias.

La plata pues fue la fuerza dominante de este desarrollo económico y cultural bajo el dominio español que tuvo la habilidad, sin duda, de expandir su influencia en territorios inhóspitos y remotos. Pero es difícil que el lenguaje políticamente correcto de la UNESCO mencione que la plata traía consigo un sistema de trabajo forzado, sumisión de los pueblos indígenas (entre otros: pames, otomíes, tarahumaras, apaches,o los desaparecidos tobosos) y trata de esclavos negros en las minas. Sin este componente social y cultural no sería posible explicar la expansión en el medio natural de Aridoamérica, donde se desplegó a la par una persistente cultura agrícola, de convivencia/transacción cultural entre colonos, mineros, arrieros; criollos, españoles, múltiples pueblos indios, esclavos y algunos migrantes asiáticos (casi siempre en el papel de comerciantes trashumantes).

Ahora bien, esta herencia cultural ha sido descuidada por el férreo centralismo que padecemos en México. En buena hora se comienza a desarrrollar la conciencia de que más allá de Cuatitlán también hay cultura. Hemos tocado este tema anteriormente, con motivo de la exposición sobre el arte de las misiones del norte de la Nueva España. La magnitud de la arquitectura en aquellas zonas nos indica un proceso completo y de cierta forma descentralizado, donde cada gran asentamiento era una especie de foco irradiador.

La ruta es una colección de sitios relacionados con el trabajo en las minas y haciendas, comercios, puestos militares, evangelización y la estructura administrativa diseñada para controlar el inmenso territorio desde las metrópolis españolas, con una adaptación al ambiente local, los materiales y las práctica técnicas, que reflejan un destacado intercambio cultural y de ideas religiosas, apunta la UNESCO.

En septiembre de 2010, en el XII Seminario Internacional sobre Asia Oriental y América Latina, el Dr. Tomás Martínez Saldaña, de El Colegio de Postgraduados, uno de los promotores del conocimiento y recuperación de este patrimonio, señalaba adecuadamente que no sólo corresponde a aspectos físicos "como podría ser un camino, es decir una carretera o un lugar para caminar que se va estableciendo tranquilamente, sino que nos lleva a una herencia, y fundamentalmente una herencia cultural"


Autor de un libro de divulgación sobre este tema, el Dr. Martínez Saldaña apunta que el Camino Real de Tierra Adentro "nos va creando una cultura, un escenario realmente insólito en la medida en que va avanzando a partir de Zacatecas, que se funda en 1548. Desde dos años ya hay gente en Zacatecas porque en 1546 se descubre la veta grande y la riqueza de una de las ciudades más importantes de toda América". Fiestas religiosas o civiles, alimentos, trato con la naturaleza y sobre todo con el agua escasa, dan a toda esta región que se extiende por casi 2,000 km un sentido histórico unitario más allá del que se percibe a simple vista.
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Información del Instituto Nacional de Antropologìa e Historia sobre el Camino Real, disponible en http://www.elcaminoreal.inah.gob.mx/

Un excelente blog con imágenes de la ruta: http://vamonosalbable.blogspot.com/ de Benjamín Arredondo.

Volvemos a citar las reflexiones de la Dra. Clara Bargellini acerca de la expansión en el período virreinal. Arquitectura jesuíta en la tarahumara ¿Centro o Periferia? , en Órdenes religiosas entre América y Asia. Ideas para una historia misionera de los espacios coloniales. Elisabetta Corsi, coordindora, Colegio de México, 2008, pp. 143-155.

martes, 25 de enero de 2011

Consumo

Descanse en paz Don Samuel Ruiz

La ecuación central del consumo está relacionada con la capacidad de producir bienes conforme a las condiciones técnicas disponibles y los medios para distribuirlos. La América hispana y Filipinas comparten una historia cambiante e intensa de cambios en los patrones de consumo, que corresponden a su inserción temprana en la economía mundial, bajo el imperio español. El cambio más importante, porque modificó de raíz las formas de producción, distribución y consumo en tierras de América y Asia, fue la imposición de un modelo mediterráneo que incluía sus propios productos naturales y manufacturas, desde el trigo, la vid, los aperos de labranza, los medios de transporte, pesos y medidas.

Hemos abordado el tema de la transformación del consumo anteriormente, señalando el cambio radical de la producción agrícola en América, que llevó a los pueblos originarios a sobrevivir simultáneamente en dos economías: la de autoconsumo, con los productos de la tierra, como el maíz, y la europea en América, que privilegiaba el trigo.

En un plano más amplio, el consumo en América fluctuaba conforme a los cambios que ocurían en la metrópoli. La exacción, demanda usurera sobre los recursos de los pueblos indígenas, fue el método privilegiado, condenando a esas poblaciones a la marginalidad y el autoconsumo. Más tarde, en el apogeo del período virreinal desde Nueva España a Perú y aún en Filipinas, la búsqueda del control sobre el consumo de esos mismos pueblos llevó a los comerciantes peninsulares y criollos a imponer productos que la población indigena debía adquirir. Ya en el siglo XVIII era obligado que los pueblos indígenas consumieran las nuevas manufacturas que vomitaba la naciente industria europea. Fue la aplicación de un modelo mercantil que causó estragos en la economía indígena.

"El consumo forzado también demostró de manera precisa la amplia brecha industrial y cultural entre los centros florecientes del capitalismo atlàntico y los escasos medios adquisitivos y valores campesinos de un mundo distinto y alejado. Mientras que una revolución del consumo constituida por miles de ansiosos consumidores en Gran Bretaña inspiró inversiones cada vez más grandes en los molinos de Lancastershire, sus productos tenían que ser administrados forzadamente por la garganta de los reticentes consumidores en el altiplano de Perú" señala Arnold J. Bauer.
En las próximas entradas de este blog intentaré describir un aspecto fundamental de esta transformación del consumo: el tránsito de obras suntuarias en el medio virreinal, que por lo general se analiza desde la apreciación meramente estética y rara vez desde la perspectiva del dominio colonial.


Textos previos sobre este tema: marzo y mayo de 2009.
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Arnold J. Bauer, Somos lo que compramos. Historia de la cultura material en América Latina. Ed. Taurus, México, 2002, p. 160.

viernes, 21 de enero de 2011

Mercados

Toda ciudad es un código dificil de decifrar para ojos inexpertos. La cuadrícula a la que estamos acostumbrados los habitantes de las ciudades hispanoamericanas forma parte de nuestra interpretación de la vida cotidiana, aunque a veces resulte dificil ver lo que tenemos justo enfrente de nuestros ojos. El trazo norte-sur, este-oeste, el tablero de ajedrez de las plazas con los poderes civil, religioso, comercial, son nuestro pan cotidiano.

Una mirada experta, la del historiador Jorge Olvera Ramos (México, 1960), nos ofrece una guía para caminar por la historia  de los mercados de la Plaza Mayor en la Ciudad de México a lo largo del período virreinal.

El libro con ese nombre fue editado en 2007, por editorial Cal y Arena, pero me llama la atención porque con mucha frecuencia visito el centro histórico de la capital mexicana y sin embargo la visión analítica histórica me ha permitido pensar en el origen y evolución del desorden que tiene la inmensa área comercial del centro histórico de México.

La propuesta del autor es desentrañar las razones del ordenamiento del comercio desde el principio mismo de la presencia española en América. Señala de antemano que en la plaza principal de la ciudad convivían al menos tres mercados. La opinión generalizada es que sólo era "un mercado unificado y homogéneo, en el que a cargo de las autoridades municipales los comerciantes y vendedores se identificaban en términos de igualdad". Sin embargo, señala el autor que "esta perspectiva conduce a una simplificación de las instituciones y prácticas mercantiles novohispanas".

De esta forma, el autor se lanza a hacer un ejercicio de micro-historia que resulta muy ilustrativo de las contradicciones de la sociedad virreinal; diriamos de la eterna búsqueda de imponer cierto orden en la mayor concentración comercial de América desde el siglo XVI. La intención de las autoridades resultó fallida, deformada por la miríada de intereses particulares y por prácticas muy arraigadas como la apropiación de los espacios (por costumbre, por acuerdos verbales entre los comerciantes), los traspasos y los "guantes", tratos preferenciales, dádivas graciosas, para tener privilegios ocultos en la propiedad de los lugares de comercio.

Los cajones de comercio, al estilo de los que todavía tienen los evangelistas en la plaza de Santo Domingo, en el centro de la Ciudad de México.

El comercio se diferenciaba por la calidad de las mercancías: utramarinas (venidas de Europa, vía España), orientales (traídas por el Galeón de Manila), productos de la tierra y manufacturas locales, aperos, telas de algodón, productos de barro. Sin embargo, el deseo de especializar a los comerciantes se diluía en un caos de convivencia, donde el tendero de productos de calidad tenía "arrimados" a los vendedores de comida, con braceros y todo, pulque, falta de drenaje e inseguridad. Lo fundamental sin embargo es que esos espacios, tanto los locales formales construidos de piedra, como el Baratillo hecho de cajones o de petates en el suelo, constituían el centro de la vida social de la capital de la Nueva España, donde se contaban los sucesos y se realizaban los encuentros cercanos de todo tipo.

Para los bachilleres, el Baratillo fue, por la variedad de opciones, un centro de reunión y de entretenimiento estudiantil. Se adquirían libros usados y prohibidos, se charlaba, se discutía, se hablaba en voz alta, se formaban corrillos. Probablemente los muchachos, en especial los lacrosos, eran seducidos por los hilarantes relatos de atracos exitosos o los finales trágicos de célebres bandidos (...) Ahí estaba la picota donde los delincuentes eran azotados o ahorcados. Probablemente en el Baratillo se redactaban y distribuían los manuscritos satíricos que se burlaban de las autoridades y de los curas"
Destaca el capítulo IV, dedicado al mercado de productos ultramarinos o la "Alcaicería de la Plaza Mayor", mejor conocido como el Parián, del cual nos hemos ocupado en este blog hace un año. Un espacio único, dedicado a la porcelana, seda, perlas y sin fin de productos traídos del Oriente.

En suma, un libro ameno e informativo.
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Jorge Olvera Ramos. Los mercados de la Plaza Mayor en la Ciudad de México. Ediciones Cal y Arena, México, 2007.

sábado, 15 de enero de 2011

Lope de Vega y Japón

En la aproximación europea a Oriente a finales del siglo XVI y principios del XVII, fue fundamental -lo hemos repetido muchas veces- la presencia de los misioneros que se aventuraron en tierras desconocidas. La parte más fértil de aquella obra fue el impacto que tuvo en el imaginario de Europa y entre las élites americanas. Procuraré caminar por algunos de aquellos rumbos trazados en los textos de viajeros y aún de quienes no viajaron mas que con su imaginación.

El investigador Fernando Cid Lucas señala que la presencia de palabras de origen japonés se remonta al Siglo de Oro español, "cuando -aun muy tímidamente, es cierto-, aparecen en obras del mismo Lope de Vega, como Triunfo de la fe en los reinos del Japón por los años de 1614 y 1615, publicado en Madrid en 1618. También en su comedia (¿1617-1619?) Los primeros mártires del Japón" (1).

En dichas obras, términos como katana (espada) o bonzo (monje budista) hacen acto de presencia en el idioma Español. Igualmente el término japón o japones (sin acento). El citado investigador hace referencia a las obras de Baltasar Gracián y de Pedro Ordoñez de Ceballos, quien en su obra Viaje del Mundo nos dice, además, que "en Japón hay un grandísimo volcán (Onzen, cercano a Nagasaki)", dándonos una someras nociones sobre la aún ignota geografía nipona (2).

Lope de Vega

Veamos algunos pasajes de la citada pieza del gran Lope:

Escribo los martirios, no testigo de vista, que no fue mi dicha tanta, pero por relaciones de algunos padres que me las enviaron desde Manila, a efecto que en el estilo con que he nacido las publicase. Certifico a los que las leyeren, confesando mi ignorancia, que donde faltare la pluma suplirán las lágrimas, sin las cuales no me ha sido posible dictarle ésta piadosa historia, ánimo de los que padecen por Dios y afrenta de los que con tal descuido esperamos el incierto límite de nuestra vida.
Entre las selvas de islas a quien el mar permite sacar las frentes yace el Japón, ya tan conocido de nosotros como ignorado antiguamente, o por la noticia de sus embajadores en Roma, o por los que al Rey católico vinieron tan deseosos de la fe, por orden de los padres de San Francisco, el año de 1615, o, lo que es más cierto, por la que nos han dado con sus cartas los padres de la Compañía, buenos testigos del fruto de su predicación y cuidado.
Diole la Naturaleza un sitio tan apartado de todo el resto de la tierra, que no se sabe cuál es más remoto de nuestro trato, el sitio o las costumbres.



Incluye el nombre de Japón muchas islas, a quien divide el mar con tan pequeños brazos del continente, que parecen el ramo de las venas del cuerpo humano que pinta la anatomía. Son tres las principales, y a quien las otras están sujetas; la mayor tiene seiscientas leguas de largo y trescientas de ancho; corre del Norte al Ocaso, dividida en cincuenta y tres reinos. Es la metrópoli del Japón, Meaco, ciudad no inferior a las más políticas de la Europa, por hermosura y grandeza; y así, el que de ella se puede adjudicar el cetro, es tenido por señor universal de los convecinos mares y tierras.
Simo, que con segundo lugar aspira al primero, tiende su espacio del Septentrión al Mediodía, acercándose a la China noble por los nueve reinos, donde Bungo, con la ciudad de Vesuco y Tunay, se hace tan célebre.

Xicoco, la tercera, contiene cuatro reinos a Levante, con el famoso Tosa. Las islas del contorno con sin número, y sólo la de Meaco reconocida por la parte meridional, que por la oriental y septentrional aún ignora sus confines la atrevida navegación de los hombres, dudando si es isla, istmo o continente contiguo con la China.





Dista el Japón de la nueva España ciento cincuenta leguas. Toda esta tierra es por la mayor parte montuosa, fría, y más que fecunda, estéril. Hácenla temerosa dos montes, Figionoyama, que trascendiendo las nubes, se atreve a conservar intactas las cenizas, mejor que el Olimpo despreciador de la región del aire; y el otro, que la Italia llama volcán, horrible por las que escupe, y porque a los gentiles, que con larga penitencia vanamente se afligen y por voto visitan este monto, se aparece el demonio en una nube resplandeciente, desde donde los habla y consuela, quiero decir, engaña, miserable imitador de la luz, que perdió por tan soberbia culpa.
Su gente es blanca; su ingenio y memoria, admirables; no cubren la cabeza; sus riquezas son metales; sus fábricas, madera; sus armas, arcabuces, flechas, dagas y espadas. En las que sirven de astas hacen notoria ventaja, así en el venenoso temple como en el corte y ligereza, a las de Europa. Mudan el traje conforme a las edades; afrenta nuestra, que ni aun lo consentimos al tiempo, enmendando la vejez con artificio, como si en las fuerzas hubiese hallado la vana diligencia o la lisonja. Escriben bien prosa y verso, y en todas las demás acciones desprecian a los forasteros, como naciones a la suya tan ínfimas.
Esta descripción basta para la inteligencia de nuestro propósito, y porque esta materia ha sido tratada de tantos como cosa a nuestros tiempos incógnita; que no es mucho que si en los límites de la anciana Castilla lo fueron a nuestra edad tantos lugares, y ellos tan bárbaros que ni rey ni dios reconocían, lo fuesen las islas tan remotas y apartadas de las comunes sendas de los navíos.

El martirio

En estas (tierras) pues, se introdujo la fe católica por la piedad divina y la solicitud humana de los ya referidos nuevos apóstoles, donde a pesar de las puertas del infierno, se ha conservado, prevalecerá con el favor de los divinos sacramentos, para que tantas almas puebles el cielo donde por tantos años, si se pudiera decir, duró la desconfianza de este accidente. pero estaba prevenido de su misericordia esta gracia, en cuyos secretos los mismos serafines están atónitos.
Mi asunto es referir las nuevas persecusiones de aquellos nuevos cristianos, por los años de 1614 hasta el fin de 1615, en Arima, Arie y Cochinotzu, cuyas persecusiones tuvieron origen de la pasión gloriosa de ocho mártires, que, porque no fuese el fénix único milagro en la Naturaleza, todos lo fueron en las llamas, renaciendo al cielo de sus cenizas misas. Eran personas ricas y principales de la ciudad de Arima, los cinco varones heróicos y las tres ilustrísimas mujeres heroínas. Sus nombre, Adriano, dos Leones, Paulo y Diego, Juana, Magdalena y María. Diego era hijo de Adriano y de edad de trece dichosos años. Magdalena tenía dieciocho, y estaba tan enamorada de Cristo esta hermosa y prudentísima vírgen, que habiendo quemado el fuego las cuerda conque tenía atadas las manos, tomó las brazas y las levantó a la boca y a la cabeza como besándolas y agradeciéndoles el bien que por medio suyo esperaba (...)

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(1) Lope de Vega. Los primeros mártires de Japón. Edición digital basada en la edición de Madrid, Atlas, 1965, pp. 309-354 (Bibiloteca de Autores Españoles

(2) Observatorio Iberoamericano de la economía y de la sociedad de Japón. Vol. 1 Número 6, septiembre de 2009. Otro breve análisis lingüistico de las palabras japonesas en la obra de Lope fue escrito por el filòlogo Tai Whan Kim. Refiere además la mención de Lope de vega a palabras como dayro, un arcaismo por daymio o señor guerrero; funea, un tipo de embarcación auxiliar para acarrear provisiones, y Myako, por Miyako, la capital de Japón, Kyoto del año 794 a 1868.

(3) Triunfo de la fe en los reinos del Japón por los años de 1614 y 1615

jueves, 6 de enero de 2011

Regni Japoniae

Un mapa de Japón publicado alrededor de 1720-30, en la era de la Ilustración, por Matthaeus Seutter. Obra del grabador Tobias Conrad Lotter sobre plancha de cobre, basado en los dibujos de viaje de
Engelbert Kaempfer, naturalista alemán que visitó Japón a finales del siglo XVII.

Es muy interesante el medallón de la esquina superior izquierda, que ilustra pasajes del "descubrimiento" del reino nipón por los europeos.

Tomado de la página del anticuario Reinhold Berg.