sábado, 21 de mayo de 2011

El imperio del centro del mundo

El tecleador de este blog tuvo que transitar por otros rumbos en el mes de mayo, pero seguimos con el tema, inacabable, de China.

Debo aclarar que no pretendo escribir aquí la historia de China, sino sólo colocar algunos puntos de interpretación que permitan ubicar la relación de esa potencia con el mundo americano en los siglos XV al XVIII. Por ello, hemos hablado del enorme atractivo que siempre provocó la cultura china en Occidente, con una carga de misterio y temor.

Si nos ubicamos entre los años 1500 a 1800, China era en aquel período un poder mundial, comparado con una Europa que salía del medioevo y daba el salto hacia el desarrollo industrial; la América indígena había sido sometida por los europeos y se constituían ricas sociedades de tipo colonial; Estados Unidos comenzaba a arrasar con sus praderas y con la población india, pero no era más que un proyecto de nación. En términos de población, identidad cultural con un idioma común, poderío militar, comida, literatura, arte, China destacaba de forma similar a lo que acontece ahora nuevamente.

Sn embargo, la imagen lejana de China para los habitantes de Europa y América en aquellos siglos barrocos se reforzaba por la fuerza del denominado Sinocentrismo de la cultura china, que aparece como autosuficiente, aislada y sin necesidad de contacto con el exterior. El término es europeo y proviene del latín Sinae o chino, con la intención de reflejar esa suerte de etnocentrismo de un país que se consideraba a sí mismo el centro del mundo Zhongguo, o imperio del centro.






El centrismo como punto de observación del mundo puede aplicarse a casi todas las culturas, sin embargo, en el caso de China cuenta con elementos que lo refuerzan a pesar de cambios en el tiempo. El emperador chino, nos recuerda Mungello, es hijo del cielo (Tianzí), es decir su gobierno proviene de muy arriba. De acuerdo a esa filosofía, el orden del mundo era una reproducción del cielo y el emperador era como la estrella polar, que guía a las demás.

Para China, todo lo que no era chino ocupaba un lugar secundario, periférico. Los países más cercanos, como Corea, Vietnam, las islas Ryukyu y Japón, constituían un primer círculo de pueblos, que además habían absorbido la cultura y los caracteres chinos. Más allá se encontraba la diversidad de pueblos no chinos que circundaban al imperio en el interior de Asia. Y más allá, en un tercer nivel, estaban los pueblos bárbaros (waiyí), ubicados en el sur y el sudeste de Asia y Europa.


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D.E. Mungello. The Great Encounter of China and the West, 1500-1800, tercera edición, Rowman & Littlefield Publishers, Inc.Lanham, Maryland, EUA, 2009.
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