sábado, 28 de febrero de 2009

El galeón del Pacífico

Una percepción generalizada acerca del comercio transpacífico es que sólo transportaba tesoros, los galeones de la plata. Sin embargo, una aproximación más objetiva mostraría que el grueso de las mercancías estaba compuesto de textiles, especiería, loza, artesanías, cera. Pero para apreciar las dimensiones de ese intercambio, que fue el primer sistema global de la historia moderna, es necesario señalar que el galeón, además de ser un mecanismo  comercial, también era el vehículo de una asombrosa interacción de individuos, con sus costumbres, anhelos, desdichas y palabras. 

Este blog está dedicado a presentar parte de las riquezas que recorrieron la ruta del Pacífico. Es algo parecido a los arcones del galeón que contenían la seda multicolor procedente de Manila a Acapulco; grandes lienzos de tela doblados cuidadosamente por los chinos para ocupar el menor espacio posible. Por ello se podrán encontrar ensayos históricos, narraciones y noticias, que intentan recrear el colorido y el lenguaje de aquella época. 

El interés de estos textos es ilustrar el momento de formación de la cultura nacional, tanto en Filipinas como en México, pues se trata de un vínculo cultural que se ha oscurecido con el tiempo y el descuido de los historiadores. En este blog se habla de santos, aparecidos y milagros; de comercio, viajes y palabras, que de todo eso se trató el comercio del galeón a lo largo de 250 años en que surcó las aguas del Pacífico. 

En busca de la mítica Cathay

Durante siglos, la mente de los europeos estaba preparada para encontrar maravillas en la búsqueda del continente prometido por Marco Polo: Cathay o la China milenaria, poderosa y rica. Con el descubrimiento de América, los europeos estaban dispuestos a todo y el continente "encontrado" por Cristobal Colón en medio de la ruta hacia Cathay era como un anticipo de lo que se podía esperar más allá del recién descubierto océano Pacífico. Es por ello que el nuevo espacio americano apenas necesitó de un barniz de imaginación para ser devorado por el subconciente popular europeo. Debía llenarse de intriga y de pasión para conquistar el espacio mental de quienes ya habían vivido tantas feroces batallas y encuentros con realidades ajenas, como la lucha contra los moros en suelo español, o la amenaza turca a las puertas de la pequeña Europa.

De ello se encargarían la literatura, la pintura y los mapas que aportaban novedades. Pero al propio tiempo, la evidencia y el deleite de los productos asiáticos fueron los alicientes para la expansión mental hacia otras dimensiones del planeta. Con el descubrimiento de América y de sus sabores, se avivó el interés de ocupar las islas de la especiería en el sudeste de Asia, ya en el ocaso del siglo XVI. Desde el sensual chocolate, al café, condenado como elixir del demonio, o el regocijante tomate; el chile que excita los sentidos o el maíz, franco como una sonrisa. Ante tales atractivos resulta comprensible la incesante búsqueda de una ruta transpacífica para obtener las especias asiáticas, la pimienta, el jengibre, el clavo de olor.

No obstante, nada fue tan anticlimático como la conquista de Filipinas al final de aquel periodo, donde los "naturales" se sometieron sin brindar una batalla definitiva. Cincuenta años después de la caída de Tenochtitlan, y tras medio siglo de sueños de conquista, el adelantado Miguel lópez de Legazpi, quien había salido de las costas mexicanas, fundaba la ciudad de Manila el 24 de junio de 1571. Comenzó de esta manera un largo periodo de dominación española en Filipinas. La propagación de la fe cristiana en las islas se dió casi de inmediato, debido en parte a que la tarea evangelizadora se llevó a cabo aprovechando una amplia colección de experiencias de los misioneros en México y en Perú. La determinación española de mantener una colonia en Asia tuvo un costo enorme tanto para los ibéricos como para los americanos y fundamentalmente para los propios filipinos, que pagaron con su trabajo y con la destrucción de sus bosques el mantenimiento de la flota del galeón.

España y el mundo

Para el Rey Felipe II de España el Estado era una maquinaria que debía ser aceitada día con día. El monarca más poderoso de su época dedicaba más de 15 horas al día para leer y revisar textos que venían de todas partes del Imperio. Despachaba por igual cartas a todos los confines del mundo, de su mundo donde el sol no se ponía en el horizonte, de Europa a América y a la lejana Asia. Cartas, mensajes reservados, leyes y nombramientos, que en realidad eran cuidadosamente pergeñados por sus escribanos, para concluir con la famosa e imponente rúbrica YO EL REY.

La etiqueta y el protocolo impuesto por Felipe II dominaba la rutina lúgubre de su corte, aún cuando afuera de ella seguía corriendo el caudaloso rio de la vida picaresca y mundana de Quevedo y de Cervantes ¿Qué nos queda de ambos mundos? Textos, palabras e ideas dispares, muchas veces contrapuestas, porque gobernar es tambien tener dudas.

A finales del siglo XVI era dificil medir los limites de un imperio que se expandía, como el español, y pocos de sus súbditos podrían entender entonces que se hallaban en las fronteras de la historia y de la autoridad de un reino que no podría respaldarlos en sus sueños de conquista. No debería sorprendernos entonces que aquellos hombres, militares, comerciantes, misioneros, se proponían seria y razonadamente conquistar China y, para ese propósito, colonizar el sudeste de Asia con pobladores mexicanos. Lo que sorprende en realidad es la pasión de tales empresas conquistadoras y evangelizadoras, formuladas por hombres de Estado, por lo general religiosos de buena educación, que evaluaban en su momento acciones expansivas para concluir la tarea divina de evangelización del mundo en manos de España.

No obstante, la mentalidad de múltiples generaciones tanto en Europa como en América estuvo impregnada por la predilección popular española por los capítulos consecutivos de novelas de caballería. Hasta las mentes pías, como Santa Teresa, estaban interesadas en aquellas historias. Sin embargo lo que llama la atención ahora es la influencia práctica de las novelas caballerescas cuyas virtudes guerreras, el oro, el poder y sobre todo el honor, influyeron en los conquistadores españoles del siglo XVI y bien entrado el siglo XVII. Para resumir las cualidades de esa invención barroca baste decir: arrojo personal y búsqueda de lo maravilloso.

Esta mañana, zarpa la nao


Un galeón, un barco, una nao, cargada de ideas, sale hoy del puerto con rumbo desconocido. He decidido comenzar esta bitácora (los capitanes ingleses le llaman blog) de un viaje hacia el inmenso mar del Pacífico.